Sombras nada más

Jueves, 18 de Mayo, 2017 - 00h07
18 Mayo 2017

La palabra sombra, tan inspiradora, evoca lo que describió Carl Gustav Jung: “Cada uno de nosotros proyecta una sombra tanto más oscura y compacta cuanto menos encarnada se halle en nuestra vida consciente. Esta sombra constituye un impedimento inconsciente que malogra nuestras mejores intenciones”. Amar es aceptar a otro ser con sus ángeles y demonios, mas no aprendemos, todos aceptamos la parte del ángel, pero no perdonamos si aquel ángel se desquicia en momentos de locura o de inconsciencia. Evaluar a un ser humano es captarlo en su totalidad.

La sombra es aquel claroscuro que cobija los amores agónicos: “En la penumbra vaga de la pequeña alcoba, donde una tibia tarde me acariciaste todo” con la inminente desesperación: “Cuando tú te hayas ido, me envolverán las sombras”. Otros las evocan de distinta manera: “Quisiera abrir lentamente mis venas, mi sangre toda verterla a tus pies, para poderte demostrar que más no puedo amar y entonces morir después”. Lo cantaba Rocío Dúrcal. La canción se llama Sombras nada más.

Henry Barbusse opina: “La sombra no existe; lo que tú llamas sombra es la luz que no ves”, es verdad que cada ser humano tiene su propia luz. En Marruecos, los árabes me regalaron un proverbio: “El hombre no puede saltar fuera de su sombra”: sería como detenernos para observarnos caminando.

Aquella sombra o penumbra cautivó a los psicoanalistas, la llamaron yo profundo, aquel desconocido capaz de lo bueno, de lo peor, antes de la intervención de la censura social, moral o religiosa. Cité una vez la frase de Goethe: “Nunca oí hablar de algún crimen que en un momento de mi vida no me haya sentido capaz de cometer”. Todos podemos matar, solo depende de las circunstancias, el subconsciente es a la vez pozo de pasiones secretas, sumidero de basuras, las que ocultamos detrás de nuestra social envoltura. De repente, un hombre aparentemente intachable se vuelve truhán, ladrón, asesino, violador. La cultura poco tiene que ver en el asunto, el psiquiatra Óscar Bonilla me comentaba que Camargo, asesino violador, tenía una cultura superior, era un gran conversador. Cuando entrevisté a Joan Manuel Serrat me dijo: “En cada hombre hay a la vez un prostituto y una monja de la caridad”, apuntamos a la alcahuetería política o religiosa, protección de sacerdotes pedófilos, corruptos de Odebrecht.

Solo a un poeta japonés se le ocurre escribir: “Nos separamos y ahora me quedo solo a la sombra del árbol”, porque todos tenemos algún árbol en la memoria, quizás aquel en el que grabamos corazones entrelazados, traspasados por una flecha. Cuando recuerdo la muerte que se dieron Medardo Ángel, Arturo Borja, Jacinto Santos Verduga, Carolina, Alfonsina, Dina, Dolores Veintimilla de Galindo, pienso en aquella frase de Oliverio Jironado: “Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de mí, y de pronto, se arroja entre las ruedas de un tranvía”: es lo que los psiquiatras llaman actos fallidos. Somos lo que somos cuando nadie nos observa, cuando hemos bebido demasiado: ángeles o bestias, santos o perversos, castos o prostitutos, transparentes o hipócritas, culpables o inocentes.

(O)

Sombras nada más
La palabra sombra, tan inspiradora, evoca lo que describió Carl Gustav Jung: “Cada uno de nosotros proyecta una sombra tanto más oscura y compacta cuanto menos encarnada se halle en nuestra vida consciente.
2017-05-18T00:07:03-05:00
El Universo

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